Es muy probable que no sepas quién fue Clair Patterson.
Pasó a la historia por ser el primero en determinar la edad exacta de la tierra. Realmente la fama se la debió llevar Harrison Brown, de la universidad de Chicago, que fue el que ideó un nuevo método para contar isótopos de plomo en rocas ígneas, pero al darse cuenta de que la tarea sería demasiado tediosa, se la asignó a Patterson como su proyecto de tesis. Éste geólogo necesitó 7 años de paciente trabajo para descubrir y datar muestras apropiadas para la comprobación final. En 1953 proclamó una edad definitiva para la tierra de 4.550 millones de años (con un margen de error de 70 millones, más o menos), cifra que se mantiene invariable 57 años después.
Debido a los patrones de medición recabados por él mismo durante 7 años, Patterson comenzó a interesarse por el hecho de que hubiese tal cantidad de plomo en la atmósfera. Se quedó asombrado al enterarse de que lo poco que se sabía sobre los efectos del plomo en los humanos era erróneo o engañoso… Cosa nada sorprendente si se tiene en cuenta que, durante 40 años, todos los estudios relacionados con el tema habían sido costeados en exclusiva por los fabricantes de aditivos de plomo.
Patterson llegó a la conclusión de que aproximadamente el 90% del plomo en la atmósfera debía proceder de los tubos de escape de los coches, pero no podía demostrarlo. Necesitaba hallar un medio de comparar los niveles actuales con los que había antes de 1923, año en que empezó a producirse a escala comercial el plomo tetraetílico. Se le ocurrió que los testigos de hielo podrían aportar la solución. En lugares como Groenlandia, la nieve se acumula en capas anuales diferenciadas en coloración en invierno y verano.Contando hacia atrás esas capas, y midiendo la cuantía de plomo de cada una, podría determinar las concentraciones globales de plomo atmosférico remontándose a centenares, e incluso miles de años. Como sabemos hoy en día, la idea de Patterson fue el pilar de los estudios de testigos de hielo, sobre los que se apoya la investigación climatológica moderna.
Lo que Patterson descubrió fue que, antes de 1923, casi no había plomo en la atmósfera, y que los niveles de plomo habían ido aumentando constante y peligrosamente desde entonces. A partir de ese momento, hizo de la tarea de conseguir que se retirase el plomo de la gasolina el objetivo de su vida, convirtiéndose en un crítico constante y elocuente de la industria del plomo y sus intereses.
La lucha resultaría ser infernal. Por aquel entonces, Ethyl era una poderosa multinacional con amigos en puestos elevados. Patterson encontró que le retiraban parte de los fondos con los que financiaba su investigación: el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos canceló un contrato de investigación que había concertado con él, al igual que el Instituto Americano del Petróleo.
Patterson fue convirtiéndose cada vez más en un problema para su institución, y los miembros del consejo de administración del Instituto Tecnológico de California fueron objeto de repetidas presiones de directivos de la industria del plomo para que hiciesen callar o prescindiesen de él. Se llegó al absurdo de excluirle de una comisión del Consejo Nacional de Investigación que se creó en 1971 para investigar los peligros del envenenamiento con plomo atmosférico, a pesar de ser por entonces indiscutiblemente el especialista más destacado en este tema.
Para gran honra suya, Patterson se mantuvo firme. Finalmente, gracias a sus esfuerzos, se aprobó la Ley del Aire Limpio de 1970, y acabaría consiguiendo que se retirase del mercado toda la gasolina plomada en Estados Unidos en 1986. Casi inmediatamente se redujo en un 80% el nivel de plomo en la sangre de los estadounidenses. Pero, como el plomo es para siempre, los habitantes actuales del país tienen cada uno de ellos unas 625 veces más de plomo en sangre del que tenían los que vivieron en el país hace un siglo.
Clair Patterson murió en 1995. No ganó el premio Nobel por su trabajo, ni tampoco se hizo famoso. Ni siquiera consiguió que le prestasen demasiada atención, pese a medio siglo de trabajos coherentes y abnegados. Puede afirmarse que fue el geólogo más influyente del siglo XX. Sin embargo, ¿quién ha oído hablar alguna vez de él? La mayoría de los textos de geología no le mencionan. Hay libros sobre historia de datación de la tierra que escriben mal su nombre. A principios de 2001, incluso un crítico de la prestigiosa revista Nature cometió el error adicional de creer que era una mujer.
Información extraída de “A Short History of Nearly Everything”, de Bill Bryson
